Regalos efímeros

Hay determinadas estampas a las que una foto jamás hace justicia.

Porque sí: cuando se abre ante nuestros ojos una escena que capta nuestra atención de manera especial, por inercia —por costumbre— echamos mano del móvil para tratar de capturarla.

Interesante palabra, también, capturar. Ansia por aprehender ese algo especial que tiene la escena, el detalle, el momento. Por atraparlo en la memoria del móvil, codificado en píxeles, en colores que intentan reflejar, con la mayor fidelidad posible, lo que contemplan nuestras pupilas.

Como si el verlo no fuera suficiente. Y no lo es, porque nos viene costando lo efímero. Nos viene costando el desapego. Nos resulta casi inadmisible que algo tan hermoso, tan distinto, lleno de tantos matices, se nos ofrezca únicamente como regalo del aquí y el ahora. Como algo que no podemos llevarnos en soporte digital.

Y cuando lo intentamos —cuando enfocamos la escena y la observamos a través de la pantalla— constatamos, con asombro y cierto disgusto, que nada tiene que ver esa imagen con la que nuestros ojos nos devuelven. La reacción más común entonces suele ser la frustración.

¡Pues vaya! Con lo buena que se supone que es la cámara de este móvil…Los colores no se parecen en nada, la luz es completamente distinta.

Y entre el móvil y la pataleta, nos hemos perdido el regalo.

Hay soportes digitales y soportes analógicos.

Y luego está el soporte más antiguo de todos: el humano.

Un soporte digital traduce la luz en datos: píxeles, información ordenada. La fija en códigos.

Un soporte analógico traslada la luz a un soporte físico: papel, película. La fija en materia.

Pero el soporte humano… el soporte humano no fija nada.

No registra la luz, sino lo que la luz despierta.

No replica el momento, sino que se deja tocar por él.

Lo deja entrar. Lo deja latir.

Y cuando el instante pasa, ya no es el instante lo que guardamos, sino lo que movió dentro.

La vida está llena de regalos efímeros, de esos que no se pueden pasar a soporte digital ni analógico.

Los regalos efímeros sólo admiten soporte humano, y se revelan ante nuestros ojos sin necesidad de cuarto oscuro ni líquidos especiales.

El soporte humano, comparado con el digital o el analógico, es perfectamente imperfecto. Hace lo que quiere cuando quiere.

Los sentidos captan, el cerebro procesa y el corazón siente. Y ahí, en esa simbiosis maravillosa, puede suceder absolutamente de todo.

Las palabras intentan traducir la experiencia del soporte humano, pero la experiencia en sí es eso: algo que sólo puede vivirse. Y vivimos con todo lo que somos: el cuerpo, la mente y el corazón. Los ojos y la piel. El intestino y el pie izquierdo.

Sentimos.

Sentimos ese atardecer que se dibuja en el cielo, sobre los árboles, en pinceladas naranjas, rosas, violetas. Sentimos la luz sobre la piel, y esa misma luz abriéndose paso más allá de la piel: una caricia sutil, un bálsamo, un calorcito que contrasta con el frío de principios de diciembre.

Y lo que vemos, lo que experimentamos, nos mueve y nos conmueve.

¿Cómo pretendemos captar todo eso en una fotografía? Es de locos.

Los regalos efímeros sólo pueden recibirse con presencia. Con atención plena. Soltando la necesidad de control para permitir que pasen, que nos toquen, que pinten sobre nosotros con total libertad.

No controlamos dónde nos tocan ni de qué manera. Y a la mente —que necesita entender, clasificar, colocar— le resulta pelín difícil dejar de intentarlo.

De ahí también, creo, el ansia por fagocitar la experiencia: diseccionarla, clasificar el dónde, el cómo, el porqué.

Pero si entras en ese bucle, te lo pierdes. Te pierdes el regalo efímero, el instante sagrado, el aroma que deja después en nosotros. Ese eco que queda resonando dentro y que mezcla la emoción de haber sido conmovidos profundamente con un temblor agradable, como si una corriente de energía siguiera vibrando por dentro y recolocando —no a nivel mental, sino a otro nivel— aquello que quedó de la experiencia en los lugares donde más necesario es, o será.

¿Significa eso que no haré más fotos en esos momentos? No, no necesariamente. Es probable que siga intentándolo. La imagen que ilustra estas letras es buena prueba de ello.

Significa que, si lo intento y no sale, suelto.

Y que quizás, muchas veces, ni siquiera sienta el impulso de intentarlo, porque al escucharme decida que lo que se me pide en ese momento es ponerme en disposición para recibir.

¿El qué?Lo que sea que haya ahí para mí, de la forma en que quiera ser recibido.

Presencia. Apertura. Entrega.

Porque la vida está llena, está repleta, de regalos efímeros.

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