«La fe es nuestra habilidad de ofrecer nuestro corazón a la verdad de lo que está sucediendo, de ver nuestra experiencia como la materialización del misterio de la vida»
Fe: confiar en nuestra experiencia más profunda
Sharon Salzberg
En estos días vengo sintiendo mucho tirón hacia dentro, mucha necesidad de abrazarme y de darme calor a mí misma.
La espiral, una vez más, me trae de vuelta a mi propio abrazo. Donde todo empieza y todo acaba.
Y no es que todo empiece y acabe en Diana, en mi ombligo. Es algo más profundo, más allá de mi piel, de cualquier piel. Algo que tiene que ver con mis aguas internas, y con la disolución de todo lo que considero propio.
En el principio es el agua, porque toda vida se forma en y a partir del agua.
Luego, cuando ya somos individuos diferenciados en sus vehículos de piel y personaje, en nuestro interior sigue ese flujo esencial de las aguas, sin el cual la vida no podría darse.
Esas aguas internas nos recuerdan quiénes somos. De dónde venimos y a dónde vamos.
Nos abrazan por dentro, invitándonos a soltar, a dejar a un lado todo ese peso que cargamos.
Nos instan a descansar, llevándonos a ese tiempo-semilla en que flotábamos en el líquido amniótico, y todo nos era dado.
Lo esencial nos sigue siendo dado. ¿Por qué lo olvidamos continuamente?
Quizás lo que nos cuesta recordar es la definición de esencial, tal y como la habitamos antes de nacer.
¿Cuándo empezamos a creer que nada nos es dado, que todo hemos de conseguirlo a base de mucho esfuerzo? ¿Cómo nos lo hemos creído tan bien que se ha convertido en un axioma? ¿Y para qué seguimos sosteniendo esa creencia?
Quizás nos viene costando tanto soltar la idea de esfuerzo porque la verdadera entrega al flujo de mis aguas internas y, por ende, al flujo de la vida, supone una rendición total y absoluta del control. Y la mente siempre va a tratar de controlar, porque es su naturaleza.
¿Dónde estoy controlando? Donde quiera que me aferro. A mis ideas, juicios, creencias… Sobre cómo debería ser yo, o la otra persona, o tal o cual circunstancia. A situaciones y ambientes que son venenosos para mí, empeñándome en poner tirita tras tirita, cuando es obvio que lo que requieren es operar a corazón abierto. Al freno que sigo ejerciendo en ocasiones sobre mis movimientos internos, conteniéndolos, y negándole la voz y la expresión a lo que necesita ser expresado. Si me aferro, si me peleo, si retengo, me estoy resistiendo a lo que realmente es.
Me entrego cuando me pongo en disposición, cuando me pongo a favor. ¿De qué? De lo que es. De la Vida. Y esta disponibilidad, esta entrega a la Vida solo puede guiarla una conexión profunda conmigo, con mis aguas internas. Porque es mi Ser esencial el que prende los movimientos sutiles que, como chispazos, me van marcando el camino.
Cuando todo pesa un poco más de la cuenta, es el flujo de mis aguas internas lo que me devuelve a lo sencillo, a lo esencial. Esas aguas siguen fluyendo sin requerir siquiera mi atención, y mucho menos mi esfuerzo. En ellas descanso, y el impulso innato de la corriente me trae todo aquello que verdaderamente necesito, y se lleva todo lo que me está dañando, limitando o, simplemente, ocupando un espacio de más. Se lo lleva, siempre y cuando esté dispuesta a dejarlo ir.
Quizás solo se trate de respirar ahí, como semilla suspendida en el vacío, justo antes de empezar a ser. Ahí, donde los límites entre final y principio se difuminan hasta desaparecer. Donde puedo sentir cómo algo de mí está realmente muriendo, y algo nuevo, aun sin forma, quiere abrirse paso.
Quizás todo lo demás sea solo una manera de adornar, porque no acabamos de creernos que lo sencillo realmente funcione. Y me parece que tampoco va por ahí, que no pasa por creérselo.
Toda entrega es un acto de fe, un salto al vacío. Porque nadie nos asegura lo que nos encontraremos siguiendo el río cauce abajo. Nuestra mente lo desconoce, y solo puede imaginar, proyectar los escenarios más diversos, basados en su experiencia previa. Pero saber, no sabe.
Y la fe es confiar en esa parte esencial de mí que, de alguna manera, siempre sabe. Que sabe de esa forma inefable e inequívoca, ante la cual, si estoy presente -porque la experiencia solo puede darse en el momento presente- no cabe asomo de duda. No sé a dónde voy, pero sé que voy. Y sé que mi experiencia siempre tiene un sentido que va más allá de mí. Porque al abrazar mi experiencia, al ofrecerle mi corazón desnudo, me siento correspondida y sostenida en ese abrazo. Por esa parte de mí que jamás se cansa, ni desfallece, y por esa corriente que es la Vida misma, a la que está indisolublemente conectada.
Siempre hay muchas miradas posibles. Y a veces juego a ensayarlas, a probar qué se siente mirando a través de otro filtro.
Y luego vuelvo a la mirada trascendente, que tanto me ayuda a vivir. Eso se lo debo, y lo agradezco enormemente, sin dejar por ello de ser consciente de que solo es otra mirada, una más entre muchas posibles, y que mirar desde ese lugar es una elección que renuevo cada día, porque es la forma de estar en el mundo con la que más en coherencia me siento.
Desde esa mirada trascendente, la disolución es una necesidad y un descanso. Y el arte de vivir es el arte de encontrar constantemente, en mis pasos, el equilibrio entre habitar la riqueza de mi propio universo, y poner en perspectiva ese pequeño universo con el Universo. El punto justo entre entregarme a la vida, tal y como es en cada momento, y hacerlo con la conciencia de que el final siempre será disolver-me.
Vivir desidentificada sin, por ello, sentir menos la vida.
Quererme bonito. Querer bonito. Agradecer a quien me quiere bonito.
Agradecerlo como el enorme regalo que es, entendiendo que, si bien las formas de manifestación pueden ser diversas, la esencia del querer bonito es una: estar disponible y con el corazón abierto para acoger lo que la otra persona traiga. Disolver, también aquí, las barreras; dejar a un lado el yo y el tú para entrar en un nosotros donde ya no estamos separados, donde nos miramos y nos reconocemos uno y lo mismo.
Y en esas estoy. Un poco deshaciéndome, un poco en esa disolución. Porque no se trata de que llegue un día y ¡pum!, me disuelva y ya. Que sí, que en cierto modo sí. Pero gran parte, si no la mayor parte de la trascendencia, es poner conciencia en el aquí y el ahora desde una mirada desidentificada. Lo que es necesario hacer, hay que hacerlo ahora. Obviamente, hay cosas que requieren su tiempo, que tienen su ciclo, y es necesario respetarlo. Por ejemplo, este tirón hacia dentro, este deseo de recogimiento, silencio y de sumergirme en mis aguas internas es la invitación que me trae el invierno. Solo necesito estar presente y escuchar.
A la vez, hay otras partes más sutiles, esos movimientos internos, continuos, de conciencia y recoloque. Ahí sí toca estar revisando y disolviéndonos constantemente. Fácil, natural. Nuestra propia corriente interna, que va arrastrando todo lo que pesa, nos enseña cómo. Para que nada se acumule, para que las aguas sigan fluyendo, limpias. Para evitar que, en un despiste, me aferre demasiado a esa idea de mí misma, a aquella idea del otro.
Que si me despisto tampoco pasa nada, porque todo está construido como para que me despiste. Lo importante es caer en la cuenta de que, ¡uy!, esto me lo he creído, pero igual no es así, y toca revisarlo. Si hoy no caigo en la cuenta no pasa nada, pero, por favor ¡que acabe cayendo!
Me hablo a mí, a la Diana personaja que a veces toma demasiado protagonismo, y se pega en la frente con pegamento del fuerte determinadas etiquetas que, bien por defecto, bien por exceso, me tensan, me paralizan o me limitan.
Y ante eso…
Profundidad. Bajar a lo más profundo de la cueva, al amparo de esa oscuridad cuyo punto álgido estamos a punto de alcanzar.
Revisión. Con la sutileza de esa luz de invierno, que va ganándole día a día horas a la noche, iluminar los rincones que nunca se exploran.
Disolución. Como algo tranquilo y relajado, imbuido de esa misma facilidad con que los movimientos de mis aguas internas traen, llevan, limpian.
Entre la luz y la oscuridad somos.
No es una batalla, es un baile cíclico y eterno. Fuera de nosotros y dentro de nosotros.
Cada polaridad nos trae su propia enseñanza, y la integración no es más que aprender a amar todo cuanto nos sucede, es decir, dejarlo ser. Dejar que todo sea. Dentro y fuera de nosotros.
Y Agradecer siempre lo que me trae, lo que me muestra, lo que me enseña eso que es, porque si me pongo a favor, si soy valiente, si soy honesta, si me entrego, si confío, lo que quiera que sea será siempre lo mejor para mí y para todos.
Feliz tránsito hacia el invierno.
Feliz solsticio. 🤍✨️

