Decir la verdad

-Pero , ¿cómo luchas contra eso? -preguntó Connor con voz ronca- ¿Cómo luchas con tus contradicciones internas?

-Diciendo la verdad -respondió el monstruo-, como tú acabas de hacer.

Un monstruo viene a verme

Patrick Ness


Siempre, desde que recuerdo, he sentido la necesidad de ir más profundo, más hacia dentro, de las cosas, de las situaciones, de las personas y, por supuesto, de mí misma.

Durante mucho tiempo, esto se tradujo en una sed insaciable de saber, de conocer cómo funcionaba la tostadora, de dónde venía esa palabra, qué motivaba a esa persona a actuar como lo hacía.

Necesitaba abrir la mirada, ampliarla más y más, para poder ver el escenario completo y que nada se me escapase. Y, desde esa posición, ir profundizando en esto y aquello, como quien mira a través de un microscopio. De lo macro a lo micro, de lo micro a lo macro.

En lo que respecta a mi propia mirada hacia dentro, siempre ha sido curiosa e incisiva, diseccionando como un escalpelo todo aquello que experimentaba, que sentía. Tengo cuadernos y cuadernos que lo prueban.

Con el tiempo, y mucho trabajo corporal, que tanto me ha ayudado a tomar conciencia de lo que realmente me está pasando, más allá de lo que me cuento que me está pasando, he ido aprendiendo a actualizar con más y más facilidad en el momento presente.

Y aun así, cuando la cosa se vuelve especialmente densita, y la depuradora no me da para filtrar toda la basurilla que flota en mis aguas internas, vuelvo a sentir esa necesidad de ir más profundo, de una limpieza más a fondo. He aprendido a identificarla como una sensación muy física, una cierta presión en el pecho que me pide ventilar, abrir una ventana de par en par y dejar que entre el aire.

En estos días estoy ventilando, y aunque siento el peso de toda esa densidad tirando de mí hacia abajo, ese aire ya bastante fresquito, que anuncia los últimos días del otoño, es un disfrute para la piel y un gozo para el alma.

Una parte esencial de cualquier limpieza a fondo es mover lo que nunca se mueve. Apartar ese sofá que lleva años clavado en el mismo rincón del salón, y fruncir el ceño y arrugar la nariz ante lo que encontramos debajo. ¡Madre mía, qué cantidad de polvo, cómo es posible! Y en qué momento acabaron ahí debajo aquel calcetín desparejado, las migas, dos huesos de aceituna, una cáscara de naranja ya petrificada, un cortauñas y tres monedas de céntimo de euro. Y como la aspiradora no cabe por debajo del sofá, ahí han estado hasta ahora. Porque nada se desvanece en el aire, sin más. Lo que es sigue ocupando un lugar, por mucho que a nosotros se nos olvide que está. Y así vamos acumulando bajo el sofá, bajo la piel, hasta que un buen día sentimos el ambiente denso, cargado y no sabemos por qué. Si no lo hemos hecho antes, esa es la última llamada para hacerlo, para ponernos a limpiar a fondo.

Cuando movemos lo que nunca se mueve y empezamos a encontrar cosas que ni sabíamos qué existían, toca lo siguiente, que es ir a por una bolsa de basura lo más grande posible y decidir con qué me quedo y qué ha llegado el momento de tirar.

En el hacia dentro esta labor resulta especialmente desafiante, y requiere una enorme presencia y conciencia plena. Porque uno podría pensar que es fácil, por ejemplo, deshacerse de algo que me pesa, que llevo cargando tropecientos años, y que si me lo planteo fríamente en realidad no me está resultando útil. Pero,¡ay!, es que me lo enseñaron tan, tan bien, que me siento mal si lo suelto, que me remueve la sola idea de soltarlo. Porque si lo suelto, ¿no estoy siendo desleal? ¿no soy una mala hija/hermana/lo- que-sea? Y no quiero sentirla, ni sé por qué aparece, pero de pronto aparece ¡tatatachán!, la culpa. Temazo, la culpa.

Cuando hacemos limpieza por dentro, limpieza profunda, honesta, siempre nos encontramos con la dualidad, porque en toda casa, por pulcra que parezca, hay polvo debajo de algún armario, y calcetines sucios, y aquel cenicero horrible que le regaló tu tía abuela a tus padres por su boda, y que, claro, cómo lo van a tirar. Como mucho lo pueden esconder en el fondo de alguna estantería, pero tirarlo, ¡jamás!

En todos nosotros hay partes luminosas y partes oscuras. Tendemos a exponer las luminosas, colocándolas en la mesa de centro del salón, y a ocultar las oscuras en el más recóndito cajón de la cocina. El problema es que ninguna de esas partes es inerte. Todas pulsan, vibran dentro de nosotros, y piden ser atendidas. El no hacerlo, el no atender a lo que nos está pasando, crea una dolorosa escisión en nosotros. No querer ver lo que es, resistirnos a lo que es, juzgar lo que es, genera sufrimiento.

¿Por qué nos resistimos tanto? Seguramente, porque desde esa visión dual que separa en bueno y malo, lo deseable para nosotros es sentir solo aquello que consideramos «bueno», «correcto», «apropiado». Porque quiero ser «buena» y hacer las cosas «bien». Porque no está bien visto sacar los calcetines sucios del cajón y dejarlos en la mesa a la vista de todos, qué van a pensar de mí. Igual que no está bien visto expresar rabia, o tristeza. Y si no hago lo que se espera de mí, quizás me dejen de lado, quizás dejen de quererme. Así que me traiciono, me acomodo a las demandas de los demás, y otro par de calcetines que acaban en el cajón abarrotado, y otra emoción, otra palabra que estrangulo para parar su ascenso por mi garganta. Menudo lío, ¿no?

¿Por qué no está bien visto expresar rabia o tristeza? ¿Por qué resulta tan incómodo para otros que muchas veces no saben cómo sostenerlo, y solo nos instan a que apartemos de su vista lo antes posible los calcetines sucios? Seguramente porque, como decíamos antes, todo el mundo, en alguna parte, tiene sus propios calcetines sucios, quiera o no verlo, y el que otro saque a la luz las partes de sí mismo que yo no quiero ver en mí resulta ciertamente incómodo y desafiante.

Se puede vivir con suciedad debajo del sofá y los cajones abarrotados de trastos. Se puede, pero pesa. Y si no hacemos limpieza profunda, nos estaremos perdiendo esa sensación de amplitud en el pecho, la ligereza después de haber llenado la bolsa de basura de todo aquello que ya no nos hacía falta, el frescor de la ventana abierta de par en par, el inconfundible aroma a ropa recién lavada.

Y aunque toda limpieza que se precie exige tirar aquello que ya no nos sirve, es tanto o más importante recolocar aquello con que nos quedamos. Que con esas partes de mí misma con que hoy me identifico, pueda decorar mi hogar interno de forma que les dé un lugar a todas: a la lámpara de Sal y a los libros que me encantan, y también al cenicero horrible y a los famosos calcetines.

Que sepa lo que hay, que sea consciente y pueda nombrarlo en todo momento, al menos ante mí misma. Y si soy muy, muy valiente, quizás algún día también ante los demás.

Que deje de pensar en términos de debo, tengo que, correcto o incorrecto.

Que deje de infligirme daño a traves de mis propios juicios sobre lo que siento o dejo de sentir.

Ese deseo de profundidad, de limpieza; esa intención es el impulso que me mueve a avanzar, y lo que allí encuentre, lo que haya, es mi verdad.

No es blanco o negro, bueno o malo. A veces es simple, otras es compleja, y muchas contradictoria. Pero siempre, lo que es es, es y la única manera de alumbrarnos por dentro, de limpiar, de ordenar, es decir la verdad. Nuestra verdad. Enarbolarla como una antorcha para iluminar la encrucijada, y tirar por el camino que más miedo nos dé.

Porque lo que imaginamos desde el miedo es siempre peor de lo que en realidad es.

Porque hay monstruos amigables, y los seres más luminosos son aquellos que con más tenacidad se han amigado con sus propios monstruos.

Porque en la caída al abismo a veces encuentro el descanso.