“El Maestro es, ante todo, quien libera la posibilidad del Maestro en el otro”
“Sea cual sea el grado de despertar de un ser, el hecho de estar encarnado conlleva una forma de vulnerabilidad que, al aceptar mostrarse, no atestigua debilidad, sino una grandeza real”
“El que logra contemplar su propia máscara se pone a jugar con ella como si se tratara de las más bellas alas que pudieran existir. Ni siquiera encarna hoy la maestría. Él es la Vida”
El Evangelio de María Magdalena. Daniel Meurois
¡Querida Maestra!
Ayer, para celebrar tu día, releía algunos párrafos que me traen el aroma de tu frecuencia, tan familiar, y de tus enseñanzas. De todos, fueron estos tres los que más me resonaron, imagino que por estar especialmente conectados con mi momento particular.
También fue en julio, hace exactamente 7 años. Primero Francia, y después Glastonbury. Y acudí, con aquel corazón que creía abierto, cuando en realidad estaba aún tan atenazado por el miedo y anegado de una profunda tristeza.
El 22 de julio me encontró allí, en Avalon, en la capilla de María Magdalena, cuando todavía no era consciente de lo señalado de esa fecha. Y es que el corazón siempre sabe, y planea, y va entrelazando la trama de nuestra propia historia en lenguajes de luz -inequívocos e incorruptibles- mucho antes de que toda esa información pase al consciente.
Más tarde descubrí -o creí descubrir- que eras tú quien me había llamado. Me fuiste mostrando, con suavidad y firmeza, y empecé a entender. Y aquel corazón, como un capullito de rosa, poco a poco comenzó a desperezar sus pétalos.
A veces parece que la rosa detiene su crecimiento, suspendida en el vacío, congelada en el interior de una campana de cristal, como aquella del cuento, custodia de un hechizo que convirtió al príncipe en monstruo, una magia antigua que solo puede deshacer el amor verdadero. Y allí dentro la rosa se siente pequeñita y agarrotada.
Aparejada a ese sentir suele venir la revisión, y con ella el planteamiento, una vez más, del para qué de todo.
En esa revisión cíclica escucho los ecos de todas las voces a mi alrededor que dicen, que alientan, que incluso empujan. Escucho todo lo que me han contado acerca de mí, desde tantos enfoques y disciplinas. Y entre tanto estruendo, apenas logro escuchar la voz de mi corazón. De mi propia rosa.
Despierta, susurra.
Simplifica.
Limpia.
Si no lo entiendes, ámalo. ¡Ámalo! Deséale lo mejor, deséale que se coloque en el mejor lugar posible, para el mayor bien.
Sí, a veces parece que la rosa detiene su crecimento. Y, sin embargo, solo es nuestra percepción, unida a nuestras expectativas de cómo debería ser esa rosa. Más o menos abierta, perfumada o colorida. Porque, con todo lo que la hemos regado y abonado, con todo el trabajo que nos ha costado su florecimiento, ¿no debería, quizás, ser más grande, más vistosa?
¡Ay! Las trampitas que nos tendemos a nosotros mismos.
Nada nunca se detiene. Los principios y los finales son solo hitos que empleamos para tratar de abarcar lo eterno. Y así, también la rosa sigue su ciclo, de semilla a capullo, a flor y nuevamente a semilla. La forma cambia, la esencia permanece. La vida siempre se abre paso a través de nosotros. Le abrimos paso al permitir que todo sea y se exprese. Le damos cauce al mirarnos de frente y reconocernos, reconocer la rosa que somos, tal y como es en este preciso instante. Sin juicios ni expectativas.
Y, al hacerlo, la rosa de nuestro corazón se expande en lo invisible. Porque es ahí donde todo sucede en realidad. No hay camino verdadero sin conciencia de qué se me mueve con todo aquello que sucede a mi alrededor. El florecimiento siempre es de fuera hacia dentro, y se nutre de todo aquello verdadero que vamos registrando y guardando en nuestro corazón. Se nutre de nuestro compromiso con la Verdad, de la fuerza que hay en la vulnerabilidad que aparece cuando las máscaras se vuelven transparentes a nuestro mirar.
Ese es el camino que tú me mostraste, y me sigues mostrando. Un compromiso de vida, conmigo, con el Ser, al servicio del Amor.
Antes decía que, aquel 22 de julio de hace 7 años, creí descubrir que eras tú quien me llamaba.
Maestra, gracias por elegirme, te dije ayer. E inmediatamente tu respuesta resonó alto y claro en mi interior.
Yo no te elegí. No elijo a nadie. Cada alma se elije a sí misma.
Cuando el corazón se abre, empieza a sonar su melodía, y es entonces cuando acudo.
Yo no te llamé, tú me llamaste.
Tu corazón lo hizo, porque tu corazón recuerda que un día fuimos uno y lo mismo. Que, más allá de la ilusión, seguimos siéndolo. La diferencia es que tú lo olvidaste casi todo, y yo lo recuerdo. Y cuando el corazón se abre, cuando está disponible para recordar, yo acudo para ayudar. Para ayudarte. Porque así lo pactamos. El Origen es volver a Uno, a nosotros. Recordar es ver con claridad la ilusión, la Verdad y las máscaras. Recordar es limpiar todo lo que entorpece el paso de la Vida. La Vida la creáis vosotros con el flujo de vuestros corazones, es la respuesta a vuestro sentir unificado con el Ser.
No soy grande ni soy inalcanzable. Fui mujer, y mi sentir como mujer se incorporó a mi Ser. Acepté, elegí vivir al servicio del Amor. Y lo hice lo mejor que pude, que supe. Todo lo que fui está en la trama colectiva. Ecos de lo que fue mi vida humana están en la trama de los lugares. Y, sin embargo, todo ello te será útil únicamente en la medida en que te ayude a conectar con tu propio corazón, con tu historia personal, humana y ancestral, y con tu historia colectiva. Esto lo sabes. Tu corazón me llamó para experimentar la frecuencia del Uno, y así entender tu lugar en el mundo, el origen de tu tristeza, y cómo vivir de la mejor manera posible. Tu corazón sintió la llamada del Uno, y ofreció su trabajo y su camino al servicio del Amor. Cuando algo así sucede, ahí siempre, siempre, estaré yo. Honrando esos pasos, que son los míos, los de tantos otros que, cada vez más, entienden que la encarnación humana es un servicio de Amor.
Por eso, simplifica. Mira, y ve, pero no te enganches. No te compares. No te juzgues. No te castigues. Mira, recoge, llévalo al corazón, ofrécelo al Amor. Ofrécelo siempre al Amor.
No hay más que decir, ni menos. Abre el corazón, hoy, un poquito más, y deja que la frecuencia del Amor lo inunde. Ese es el abrazo, el mío, el tuyo, el de la Madre, el de la Diosa. El abrazo universal.
Estás justo donde es necesario que estés. Suelta, relaja. No hay nada que demostrar, nada que conseguir. No hay una única manera de hacer las cosas. En el servicio del Amor, todos los caminos conducen al lugar exacto donde ha de estar tu corazón, porque la vida responde a su frecuencia, y su frecuencia está sintonizada con ese Compromiso.
Gracias, Maestra.
¡Seguimos!

