Mi mapa interno

Los regalos que llegan desde arriba son un puente para que los de abajo despierten la intuición, crucen las aguas que separan un espacio de otro y se vuelvan a unir, religar, con el Origen

La Esphiral y la Estrella

Latif

Por muy perdidos que podamos sentirnos a veces, siempre contamos con un mapa, porque lo llevamos incorporado.

El primer paso es reconocerlo.

El segundo, descifrarlo.

El reconocimiento, para mí, viene de la comprensión de que lo que somos trasciende todo lo que podamos creer acerca de nosotros mismos, de la vida, del Universo.

Y esa comprensión se adquiere mediante la observación.

Para poder observar, esto es, para poder mirar con atención, se requiere cierta neutralidad, o al menos, cierta conciencia de cómo estoy, de cómo está mi cuerpo, de dónde está mi mente, de cuál es mi estado emocional. Es decir, primero he de observarme a mí, con honestidad y sin juicio. Sin tratar de cambiar nada.

Y, sí, aun haciendo ese ejercicio, siempre habrá bastante de mí en la mirada hacia fuera. Porque siempre miro desde un yo condicionado. La diferencia está en ser o no consciente de ello. Si no lo soy, si no me doy cuenta de todo lo que de mí tiene la imagen que se me dibuja, seguiré alimentando mi propio ego, y haciéndome muchos líos al identificar mi propia proyección con «la verdad». Si, en cambio, mi foco está en distinguir qué se me mueve con aquello que veo, y para qué, estoy empezando a descifrar el mapa.

También hay supuestos mapas que se nos ofrecen continuamente como la panacea para todo lo que nos sucede, la solución última. Porque, claro, partimos de la base de que lo que nos sucede es algo que hay que «resolver». Y si nos ponemos a leer, y atendemos a todas las informaciones con que se nos bombardea incesantemente, casi cualquier cosa que nos suceda puede ser achacada a otras tantas. A las hormonas, Mercurio retrógrado, la luna nueva, la resonancia Schumann, el acelerado proceso de Ascensión y mil cosas más. Y no, no estoy diciendo que todo eso no influya en nosotros. ¡Por supuesto que lo hace! Si entendemos que todo es energía, y hasta el más ínfimo pensamiento deja una huella en el entramado energético de que somos parte, ¿cómo no van a afectarnos los movimientos de los planetas?

La astrología, la bioenergética, las constelaciones, la numerología, los registros akáshicos, y muchas otras técnicas y saberes, son herramientas. Y como toda herramienta son, originariamente, neutras. Son pequeños mapas que pueden guiarnos al encuentro de nuestro propio mapa. Que siempre, siempre, es único e intransferible. Y lo llevamos dentro.

Todas las herramientas están disponibles para nosotros, y cada cual resonará más o menos con unas o con otras. Lo importante, más allá de la herramienta, es siempre desde dónde me acerco a ella. ¿Lo hago para justificar mi conducta? ¿Es un camino que tomo para no quedarme conmigo? ¿Para no quedarme, sin más, con lo que es, con lo que está sucediendo, en lugar de buscarle mil explicaciones, y de trazar siete planes de acción distintos, por si los seis anteriores no funcionasen?

La trampa del conseguir se agazapa, detrás, incluso, de aquello que se nos presenta como «espiritual». Ahí también se nos insta a ser nuestra mejor versión, a encarnar nuestro propósito, a crear nuestra propia realidad. Pero, ¿desde dónde? Si resulta que todavía no soy mi mejor versión, si no estoy encarnando mi propósito, es que me falta algo, ¿no? Algo por lograr, un supuesto lugar al que llegar, donde seré, por fin, quien estoy destinada a ser. ¡Ay! Ya estoy metida hasta las cejas en el paradigma de carencia. Y aparecen la presión de la exigencia, y la ansiedad. Y cuando, por fin, me observo y me doy cuenta de que estoy, una vez más, enredada en mi propio bucle, dando vuelta tras vuelta en la rueda del hámster, la única salida es parar.

¡Parar! Algo que tan mal visto suele estar en el contexto de la productividad exacerbada.

Pues sí, parar. Y respirar. Volver al inicio. A lo pequeñito. A quedarme conmigo. A la observación sintiente, esto es, a dejar que lo que sea que está sucediendo me atraviese, a sentirlo. Y a la vez, a observarlo.

Me acompaño, me contengo. Mi tierra es la vasija que contiene el fluir de mis aguas. El aire se eleva y observa.

Y desde ahí, cuando lo sienta -si es que lo siento-, quizás ya pueda tomar la herramienta más afín a mí en ese momento, y acercarme a ella desde la pregunta. Que siempre es algo así como: ¿qué información hay ahí para mí? ¿Qué puedo aprender de esta situación, de esta persona, de esto que hoy me está sucediendo?

La pregunta, desde ese lugar de reconocimiento interno, es la intención que prende la chispa, y es entonces cuando empieza a hacerse la luz.

Desde una de mis herramientas más afines, que son los registros akáshicos, la consigna suele ser muy clara: no lo compliques, porque es sencillo. Eres perfecta tal y como eres. Y lo que sucede siempre es lo mejor que puede suceder, porque es lo único real. No hay juicio, no hay exigencia. No hay nada que alcanzar. Esta no es una partida en la que haya que ir superando obstáculos para llegar a una supuesta meta. No hay premios, ni castigos. No hay decisiones irreversibles, en el sentido de que inhabiliten tu camino.

Sí, somos responsables de nosotros mismos, de nuestra energía, de nuestros pensamientos y acciones, y de cómo influyen en el mundo. Lo fundamental es siempre la raíz de nuestra elección, el desde dónde. Y en esta realidad dual donde únicamente aprendiendo a mirar más profundo, más desapegado, podemos llegar a ver el Uno a través del dos, la elección es siempre entre dos: amor o miedo. Si tirásemos del hilo de cada una de nuestras elecciones, veríamos que siempre se inclinan hacia una de esas dos polaridades.

La mirada del miedo es dual: es ausencia de amor, porque sólo se reconoce a sí mismo. La mirada del amor reconoce al miedo como parte de sí, el mismo tipo de energía en una oposición de grado. Y al reconocerlo, lo integra, le da un lugar.

Y porque el dos siempre ha de regresar al Uno, elegir el amor es también abrazar mi propio miedo. Es reconocer todo aquello que pulsa dentro de mí, y darle a cada cosa su espacio. En ese viaje encuentro mi fuerza, porque mi fuerza está en la verdad.

Elegir el amor es también asumir mi responsabilidad, personal y colectiva. Asumirla con gozo, porque expande mi corazón, y porque el gozo y el disfrute son una de las señales que, en nuestro mapa interno, nos van balizando el camino. Si algo pesa, si me oprime el pecho y me anuda la garganta, por ahí no va a ser.

Cada uno de nosotros es perfecto, completo y hermoso. Nuestra esencia, nuestro patrón energético, es algo que traemos, que nos ha sido dado. Y nuestro propósito primero, el más importante, es mostrarlo. Es ser quienes somos. Desconozco en qué momento se nos ocurrió que podíamos ser otra cosa. Menuda idea descabellada, ¿no? Pero, cuánto poder ha adquirido esa idea, y sobre todo, cuánto sufrimiento genera.

Lo que cada uno traemos para ofrecer es único, y nadie más que nosotros puede ocupar ese lugar. Todos somos importantes y valiosos en la misma medida. No hemos venido a cumplir con las expectativas de nadie, ni a alcanzar lo que otros nos cuentan que toca que alcancemos.

Y, desde ese reconocimiento ¡sí!, hay todo un abanico de posibilidades. De explorar, de descubrir, de aprender, siempre desde el disfrute.

Así reconozco mi propio mapa. Lo voy descifrando.

Y un buen día me doy cuenta de que, bajo esa mirada, la vida se vuelve mágica. No en el sentido de que todo sean arco-iris y unicornios, porque esa no deja de ser otra polarización. No, la vida se vuelve mágica porque accedo a otra capa de realidad en la que todo me habla y está a favor. ¿A favor de qué? Del propio flujo de la vida, de ese movimiento imparable que siempre descansa en un orden fractal. Y así, primero distingo los puntos, como pequeños destellos en la oscuridad. Y después, poco a poco, los trazos luminosos que los van conectando, desplegándose según ese mapa ya codificado en la propia semilla. Esa semilla que germina y crece porque es su naturaleza, porque hay un pulso en su interior que dirige ese movimiento ascendente hacia el sol.

Ahí, en el pulso de mi vientre que asciende hacia mi corazón, está mi voz más auténtica. Ahí, en mi corazón, donde el cielo y la tierra se encuentran, están todas las respuestas. Desde ahí despliego mi movimiento, buscando la presencia en cada trazo, sin preocuparme de cuál será el siguiente, pues confío en que mi mapa me lo irá mostrando a su debido tiempo.