Volver al propio abrazo

Este año, el día de la madre me pilla en un momento de profunda transformación.

La mujer y la madre que ella fue siguen estando vivas en lo que soy.
Junto a la calma, sigo sintiendo ese anhelo de piel, de abrazo, de mirada. Muy suave, muy dentro.
Y no creo que ese anhelo desaparezca nunca.
Espero que no desaparezca nunca, porque es un sentir bonito.

Una resignificación de la propia palabra anhelo:
en mi vivencia tienen el mismo peso la ilusión y la evocación.
Y percibo mi corazón como un cuenco vacío, receptivo,
y mi propio sentir como algo acuático, fluido, que se derrama sobre ese cuenco.
Como si el contenido se contuviese a sí mismo.
Como si no existiesen bordes ni fronteras.
Como si todo fuera Uno.
Como si todos fuéramos Uno.

Hoy la honro.

La honro como mujer, con su historia, sus luces y sus límites.
Hasta donde pude conocerla. Hasta donde pudimos llegar las dos.

La honro como madre, con todo lo que me dio,
y con el amor que sostuvo nuestra historia de principio a fin.

En estos días se está moviendo algo muy profundo en mí, en relación a mi raíz.
Una nueva vuelta de espiral sobre lo heredado.
Un mirar aún más hondo, de la mano de ese arquetipo lunar que me habita y me pide presencia.
Ir un poco más despacio.
Quedarme en lo que siento, sin necesidad de explicarlo enseguida.
Escuchar lo que hay, antes de traducirlo.

Poner conciencia, para ser libre.
Porque solo puedo serlo si hago consciente todo lo inconsciente que aún sigue operando en mí.
Solo si me doy cuenta puedo elegir distinto.

Elegir no pasar por encima de mí.
Elegir reconocer mi necesidad, sin disfrazarla de fortaleza.
Elegir abrirme a recibir, a pedir, a dejarme sostener.
Elegir poner límites donde antes me perdía.

Y recordar —una y otra vez— hasta integrarlo plenamente,
que mi valor no depende de lo que doy.
Que mi valor es intrínseco.
Que mi valor es… porque Yo Soy.

Hay algo en mí que naturalmente cuida, que sostiene, que nutre.
Y esa también soy yo.
El verdadero equilibrio nace cuando ese dar no me excluye ni me pasa por encima;
cuando puedo ser refugio para otros sin dejar de serlo para mí;
cuando el cuidado también se vuelve hacia dentro y me incluye.

Honrar a mamá es, también, aprender a maternarme.
Ser mi propio hogar.
Mi propio refugio.
Mi propia fuente de nutrición y ternura.
Sostenerme con honestidad, presencia y amor.

Hoy la honro a ella.
Y al mismo tiempo, honro a la niña que fui, a la mujer que soy.

A todas las niñas y mujeres que fueron, que son, que serán. Hijas y madres.

Y a ese tejido común
que nos trae siempre de vuelta al propio abrazo.
Y de ahí… al encuentro.