Desde dónde

Desde hace ya bastante tiempo siento que la vida me pide más verdad.

Menos disfraces, menos excusas, menos ruido.

Me pide claridad: saber desde dónde hago, siento, hablo, decido; un desde dónde claro, consciente y sostenido.

Alguien me enseñó, hace tiempo, que la única diferencia real en el mundo son los niveles de consciencia. Es decir, los distintos grados de ser consciente, de darse cuenta.

¿Darse cuenta de qué?

Fundamentalmente, de nuestra verdadera naturaleza: de todo lo que somos, sin edulcorar ni fragmentar, más allá de los relatos que nos contamos para sostenernos.

De los dones que nos habitan y de las heridas que los velan —y, a veces, los revelan—.

De los mecanismos que nos defienden y, a la vez, nos sabotean.

De los lugares en los que nos escondemos, y de los movimientos internos -¡y externos!- que nos impulsan a salir de ellos.

Ver, sin anestesia, lo que es. Asumirlo, sin juicio, y elegir desde ahí dónde me posiciono.

El famoso “Conócete a ti mismo” socrático, grabado a la entrada del templo de Apolo en Delfos.

Esa es una tarea para toda la vida. No es algo que empiece y termine, sino una forma de estar en el mundo.

Desde ese lugar me observo, indago, cuestiono, me hago preguntas.

Me escucho, me analizo. Identifico a los distintos personajes que salen a jugar, sus detonantes y sus motivaciones.

Más temprano que tarde acabaré encontrando esos lugares oscuros en los que no me apetece nada entrar.

Y, si sigo comprometida con el viaje, empezaré por el primero: el menos oscuro.

Seguramente vea más rincones poco apetecibles, pero aún no esté preparada para adentrarme en ellos.

Y está bien. Sé que no se irán a ninguna parte.

Tampoco yo podré ir mucho más lejos hasta que no me decida a seguir avanzando.

Este camino se parece a un largo pasillo flanqueado por luces con sensor de movimiento.

A medida que avanzo, nuevas zonas se iluminan, la mirada se amplía, y voy viendo cada vez más profundo, más lejos.

Y si en algún momento siento que no puedo sola, busco la ayuda de otras miradas lúcidas que me acompañen a sondear esos recovecos esquivos donde la mía no alcanza.

Porque quiero ver.

Porque mi voluntad es siempre ver más allá.

Porque estoy comprometida con esa verdad.

Porque decido.

Es un desde dónde en el que reconozco y me reconozco.

Me responsabilizo de mi energía, de mis acciones, de todo aquello que pongo fuera, sabiendo que siempre será reflejo de lo que abro, cuido y siembro dentro.

La verdad es un catalizador, un revulsivo de conciencia.

Porque, una vez vista, es imposible dar marcha atrás.

Solo hay dos opciones:

Se puede hacer como si no, y esconder la cabeza bajo la tierra, como el avestruz.

Pero, a partir de ese momento, sostener el castillo de naipes requerirá el triple de energía, porque estaré yendo contra la corriente de lo que pide paso en mi vida.

O puedo entregarme a la convulsión de la verdad.

Dejar que las sacudidas me atraviesen, que caiga lo que tenga que caer.

Y aunque al principio esta segunda opción pueda doler, después —cuando todo lo que tenía que caer ha caído—, algo dentro se asienta.

La verdad se vuelve suelo, sustento del camino.

Lo nuevo que tanto anhelamos no vendrá de fuera.

Surge de cada persona que se atreve a mirarse de frente, a dejar caer lo que no resuena y a vivir en coherencia, día a día, paso a paso.

Nace también de los vínculos sustentados no en roles o expectativas, sino en la autenticidad. En ellos, incluso la dificultad se transforma en materia viva para crecer.

Con cada acto de conciencia, una capa se disuelve y la verdad se abre paso —simple y desnuda— en el corazón.

Y así, juntos, de la mano de muchas verdades hechas Verdad, vamos manifestando lo nuevo.

Activando, con nuestro caminar, esas luces que van iluminando más y más zonas oscuras.

Al final, todo se resume en eso: en recordar desde dónde vivimos.


Desde dónde miramos, amamos, damos, recibimos, decidimos.


Desde dónde tejemos lo que viene.


Porque cuando el desde dónde es claro, la oscuridad se reconoce como maestra, y la vida se revela como verdad en acción.