El viaje de la castaña

Hace unos días retomé mis paseos por el Retiro, después de un largo y caluroso verano que me ha mantenido en estivación la mayor parte del tiempo.

Durante esas caminatas lentas, suaves y silenciosas he empezado a recoger elementos para crear mi altar de otoño, seleccionando, de entre tantas hojas y frutos caídos de los árboles, aquellos que captan mi atención.

Entre todos ellos, uno me atrajo especialmente. Un erizo de castaño de indias, con sus afilados pinchos intactos, pero ya atravesado por una enorme grieta que lo escindía, dejando entrever los frutos que custodia en su interior.

Algo en mí resonó profundamente con esa imagen, y me agaché para recoger el erizo y llevarlo conmigo. Aunque lo hice con cuidado, una de las púas me rozó y me hizo un pequeño rasguño. Lo curioso es que fue en el índice de la mano derecha, el dedo con el que señalamos, con el que dirigimos, con el que intentamos controlar el rumbo, imponer la voluntad.

Hoy, al ir a enriquecer el montoncito de tesoros otoñales con un par de hojas que recogí ayer, el erizo se había transformado. Se había abierto casi completamente, y al dejar de ejercer sujeción alrededor del fruto, uno de ellos había rodado fuera del envoltorio.

La imagen, tan simple y natural, me conmovió.

Y me puse a investigar.

El castaño de indias es un árbol que ha desarrollado esos erizos gruesos y punzantes como una brillante estrategia de supervivencia. Mientras la semilla se está desarrollando, es blanda y rica en nutrientes, y esa primera capa de protección la mantiene a salvo de todo aquello que podría dañarla.

El erizo cumple su función. La protege mientras todavía no puede protegerse por sí misma.

Y quizás algo parecido nos ocurra a nosotros. Quizás nos crecen pinchos cuando el entorno es hostil, cuando no sabemos procesar el dolor, cuando todavía no tenemos otros recursos.

Y entonces nos aislamos. Tratamos de controlar. Racionalizamos.

Aprendemos a retirarnos antes de que puedan rechazarnos, a no necesitar demasiado, a poder solos.

Construimos una pequeña fortaleza alrededor de aquello que dentro de nosotros es más blando y vulnerable.

Y esa armadura no es mala. Alguna vez fue necesaria. Nos salvó la vida -metafórica, y quizás también literalmente- en momentos de fragilidad extrema.

El erizo, esa primera capa de defensa, sigue custodiando al fruto durante mucho tiempo, amortiguando su caída del árbol y, una vez en el suelo, protegiéndolo de la humedad excesiva y los hongos.

Solo cuando la castaña está completamente madura, la cápsula se seca, se abre de forma natural y la deja caer, brillante, a la tierra, lista para germinar.

Mi erizo se abrió por el simple cambio de atmósfera, soltando el fruto sin necesidad de forzarlo.

Nosotros, en cambio, nos pasamos la vida intentando “abrirnos a la fuerza”, actuando desde la exigencia y olvidando tantas veces la autocompasión. Olvidamos que, en los ciclos de la naturaleza, la verdadera apertura es un proceso orgánico que simplemente sucede cuando llega el momento.

Eso sí, cuando el momento llega, el erizo se entrega al proceso; no puede elegir no hacerlo.

A nosotros nos suele costar un poquito más. Cuando nuestra estructura empieza a agrietarse porque ya toca abrirse, nos entra el pánico. Sentimos el vértigo de quedarnos a la intemperie, desprovistos de la armadura, que es todo lo que, en realidad, conocemos. Y en lugar de entregarnos, nos resistimos.

Sin embargo, para crecer no podemos quedarnos a vivir dentro del erizo.

Es imprescindible dejarnos caer cuando la vida nos afloja los nudos. Dejar de aferrarnos. Golpear el suelo y permitir que esa primera capa punzante se abra, aunque sea lo único conocido y no sepamos qué hay al otro lado. Confiar.

Cuando el erizo se despliega, queda a la vista la segunda capa protectora de la castaña: el pericarpio, esa cáscara dura y de color marrón brillante que todos conocemos.

Ya no agrede, pero sigue siendo hermética.

Es el equivalente a nuestro “yo puedo con todo”, “estoy bien, no pasa nada”, “yo lo resuelvo”.

Y aunque en apariencia estemos protegidos, nos duele igualmente, porque nos mantiene exiliados del amor y la compasión que podríamos encontrar en la mirada del otro.

¿Cómo entran la luz o el agua en algo que está completamente cerrado?

En la castaña entran por el hilo, esa zona blanquecina y rugosa en su base, por donde estaba unida al erizo. A través de esa pequeña hendidura, el fruto absorbe la humedad del suelo de forma lenta y controlada, activando los procesos que pondrán en marcha su crecimiento.

Esa marca microscópica me recuerda que todos traemos una herida de separación y también el anhelo de volver a sentir la conexión, ese descanso en algo más grande que nosotros.

Y es precisamente esa parte de nosotros que aún permanece en contacto con lo esencial la que, en algún momento, nos lleva a la rendición: a dejar de luchar y entregarnos al proceso.

Porque si no nos mostramos de forma auténtica, el otro solo se conectará con nuestra armadura. Al arriesgarnos a ser vistos en nuestra verdad, el vínculo se convierte en un puente, en un espacio donde podemos reconocernos, ser reconocidos, y recordar que, en realidad, no estamos separados del otro ni de nada.

El viaje de la castaña es el viaje hacia la vulnerabilidad.

Nuestro viaje, también.

Una vulnerabilidad que tiene menos que ver con exponerse ante el mundo que con la capacidad de permanecer en contacto con nuestra ternura interna mientras permitimos que el mundo nos toque.

Al absorber el agua, la semilla se hincha, gana peso y pulso, hasta que la cáscara le queda estrecha.

Crecer, entonces, se convierte en un asunto de presión interna. Una necesidad absoluta de mudar de piel.

De dejar atrás antiguas estructuras mentales, patrones de conducta que ya no nos están sirviendo para avanzar.  Maneras de relacionarnos, formas de entendernos a nosotros mismos y a los demás.

A veces todo eso ha tenido tanta fuerza que se ha convertido en parte de nuestra identidad.  O quizás la tiene precisamente por eso.

Pero el alma siempre tiene más fuerza, y empuja las paredes de esas identidades que construimos para protegernos, precisamente porque ya no cabe.

Hay algo en nosotros que siempre sabe qué sí y qué no; lo que expande y lo que contrae.

Lo sabemos en el cuerpo, aunque no sepamos explicarlo.

Sin embargo, a veces permanecemos mucho más tiempo del aconsejable en lugares que sabemos que no son. Lugares externos -un trabajo, una casa, una relación- que nos confrontan con lugares internos que también necesitan ser mirados y revisados.

Nos quedamos por costumbre, por miedo, por lealtad, por no decepcionar. Por no saber qué habrá después, si es que hay algo.

Hasta que llega un momento en que quedarnos ahí dentro pesa demasiado. Duele demasiado.

El dolor del alma que no cabe es un dolor evolutivo. Intentar quedarse ahí es como querer meter la castaña germinada otra vez en su cápsula. Es imposible; se pudriría.

Cuando el fruto rompe por fin todas sus capas de protección, lo primero que sale de la grieta es una raíz que se clava con fuerza en la tierra oscura y húmeda.

Así como la raíz se despliega solo cuando encuentra su propio sostén en el suelo, nosotros necesitamos habitar nuestro propio centro.

Muchas veces confundimos autosostén con aislamiento. Creemos que hacernos cargo de nuestra vida significa no necesitar a nadie, construir un muro para que nada nos toque. Pero eso es protección, el viejo erizo que construimos alrededor de lo más blando de nosotros para salir al mundo por primera vez.

La verdadera vulnerabilidad es el acto consciente de aflojar los trajes de autosuficiencia -de darnos cuenta de que son eso, un traje- y permitirnos ser vistos exactamente donde nos está doliendo.

Es la capacidad de acompañarnos y dejarnos acompañar amorosamente mientras atravesamos la emoción, sin reprimirla ni huir de ella. Aceptando que no tenemos el control y dejando que el agua fluya sin saltar rápidamente al: “vale, ¿qué hacemos con esto?”.

Es mostrar lo que traemos debajo de la piel, y decirle al otro: “no necesito que me salves, ni que me resuelvas el problema. Solo necesito que te quedes aquí conmigo mientras atravieso esto”.

Y, al mismo tiempo, es confiar tanto en nosotros y en la gran inteligencia como para decretar: no voy a dejar que las experiencias dolorosas me definan. Elijo estar abierta a recibir la vida.

La cáscara, lo que durante tanto tiempo protegió al fruto, se queda abajo, en el suelo. La tierra la abraza, la descompone y la convierte en abono. Nada se desperdicia, todo siguen circulando.

Esta metamorfosis de la castaña me pone en contacto con el otoño y se alinea con mi momento vital. Me invita a revisar una vez más todo lo que despierta en mí la palabra vulnerabilidad. Y camino hacia el umbral con la firme intención de que deje de ser un concepto mental para transformarse en algo sentido e incorporado.

Abrirme sin perderme.

Amar sin desaparecer.

Recibir sin contraer una deuda, y pedir sin sentirme débil.

Dejarme acompañar sin entregar a nadie la responsabilidad de mi camino.

Expresar “esto me duele” sin la prisa de tener que repararlo.

Decir “necesito” sin traducirlo como debilidad.

Y sostener un “esto no me hace bien” sin el temor de que eso signifique dejar de amar, o de que me amen menos por ello.

Mantener la cualidad porosa de la vida sin diluir los contornos de mi propio ser.

Todo ello en ambas direcciones. La del recibir y la del dar. Porque somos lo mismo. Formamos parte del mismo movimiento vital.

Y en esto ando, en vísperas del otoño.

En este curioso umbral entre lo que ya no soy y lo que estoy aprendiendo a ser.

No tengo la foto del antes de la castaña.

La del momento presente es más que suficiente.